27.01.2026

Fragmentación política en Costa Rica: un llamado para las nuevas generaciones progresistas

Costa Rica enfrenta una paradoja política: más partidos, más fragmentación y baja confianza. Para quienes somos jóvenes progresistas, esto no es simplemente un síntoma, es un llamado urgente a repensar cómo queremos transformar la política.

Costa Rica, reconocida en la región por su estabilidad democrática, atraviesa un momento crítico que genera inquietud. De cara a las elecciones presidenciales y legislativas en febrero de 2026, la situación actual es clara: más partidos políticos compiten en el escenario electoral, resultando en una mayor fragmentación legislativa.

Para las nuevas generaciones, especialmente para quienes nos identificamos con una visión progresista, esto no es un mero dato estadístico. Es un síntoma profundo que exige una reacción. Es, de hecho, un llamado urgente a la acción y a la reflexión.

Durante décadas, Costa Rica transitó entre un sistema dominado por dos grandes partidos: Partido Liberación Nacional (PLN) y Partido Unidad Social Cristiana (PUSC). Sin embargo, en la actualidad, la fragmentación ha explotado. Hay numerosas fuerzas, partidos nuevos, movimientos emergentes, candidaturas personalistas, que han llevado a una Asamblea Legislativa cada vez más dividida.

Este escenario refleja una desconexión profunda entre las estructuras políticas tradicionales y la población. Un dato reciente e inquietante del Centro de Investigación y Estudios Políticos de la Universidad de Costa Rica (CIEP) subraya esta crisis:cerca del 46% de la ciudadanía todavía no sabe por cuál partido votar para las diputaciones. Esta indecisión masiva sugiere un rechazo a las opciones existentes y una falta de identificación, especialmente entre votantes jóvenes.

Implicaciones de la fragmentación y la indecisión ciudadana

El fenómeno de la fragmentación extrema, combinado con la alta indecisión electoral, tiene consecuencias significativas para la gobernabilidad y la democracia costarricense.

Debilidad estructural

El problema no es solo que existan muchos partidos, sino que estos carecen de raíces sólidas. El Índice de Transformación (BTI) de la Fundación Bertelsmann señala que varios partidos prácticamente desaparecen entre elecciones porque no mantienen sedes activas ni estructuras robustas.

Para las juventudes progresistas, esto refuerza una sensación de que los partidos son vehículos personales más que proyectos colectivos duraderos. Esa construcción débil limita la capacidad de articular cambios profundos: si el partido no existe fuera del ciclo electoral, ¿cómo puede consolidar una agenda real de transformación social?

Volatilidad de los liderazgos

Con tantos partidos, los liderazgos vienen y van rápido. Esto puede abrir oportunidades para nuevas voces pero también implica que muchas figuras políticas no tengan la base ni la experiencia para sostener proyectos a largo plazo. Así, el riesgo de caer en liderazgos sin una visión institucional clara es alto.

Además, esa rotación constante contribuye a una cultura política menos ideológica y más mediática: la figura del “líder carismático” puede opacar el desarrollo de propuestas progresistas sólidas y coherentes.

Dificultad para lograr una mayoría progresista

Para que proyectos ambiciosos como clima, igualdad de género, educación, derechos humanos avancen, se necesita construir coaliciones. Pero en un congreso fragmentado, la negociación se vuelve difícil y frágil. Cuando no hay un bloque progresista fuerte, las iniciativas concretas pueden quedar estancadas, o cedidas en acuerdos poco ambiciosos.

Además, existe un riesgo real de que el progreso se convierta en retórica de campaña, más que en políticas transformadoras. Si cada partido pequeño busca su nicho electoral más que un programa común, el cambio se vuelve superficial.

Para quienes aspiramos a una Costa Rica más equitativa, justa y sostenible, la fragmentación política debe ser un motor de acción, no una excusa para resignarnos.

No basta con esperar a que aparezca el “partido perfecto”. Podemos fortalecer organizaciones juveniles, colectivos sociales y movimientos que articulen nuestras inquietudes (feminismos, ambiente, derechos humanos, desigualdad, etc.) y presionen desde fuera y dentro del sistema. De hecho, ya hay espacios: jóvenes de distintos partidos progresistas se han reunido en mesas de diálogo para definir mínimos programáticos comunes.

Promover la institucionalidad progresista

Debemos impulsar partidos que tengan vida real entre elecciones, no solo una estructura electoralista. Parte de esto implica exigir transparencia, bases internas, formas genuinas de participación. Las juventudes comprometidas pueden contribuir a construir esos partidos más sólidos y con visión a largo plazo.

Más allá del carisma, se necesita formación política: debate, reflexión, estrategia. Esa es la forma en la que podemos garantizar que nuestros representantes no solo sean “nuevos rostros”, sino agentes de cambio que entiendan las complejidades institucionales y las dinámicas reales del poder.

Sí, la fragmentación conlleva un riesgo: la parálisis, la negociación vacía, la falta de cohesión. También representa una oportunidad histórica: es la oportunidad de redefinir la política costarricense desde una mirada progresista, más horizontal, más conectada con los valores y demandas de nuestra generación.

Si las personas jóvenes progresistas no actuamos ahora, corremos el riesgo de que la fragmentación siga siendo sinónimo de debilidad. Pero si nos unimos, asumimos la institucionalidad y empujamos por coaliciones verdaderas, podemos convertir esa fragmentación en un tejido político renovado.

Costa Rica nos está mirando: es momento de poner nuestras ideas sobre la mesa, construir en conjunto y transformar.

Persona autora

Cristian Caamaño Chacón. Costa Rica. Agente de cambio 2014. 

Profesional en gestión de proyectos y administrador, parte de colectivos y organizaciones de base comunitaria para el respeto de los derechos humanos.

cristian.caamano.chacon(at)gmail.com 

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